11/10/2008
COMO DOS GOTAS DE AGUA
Donde radica la legitimidad de toda acción imitativa es en el color de los pájaros, en la piel mutante de los lagartos, en el aderezo de la hembra en épocas de celo, en el juego gratuito de la seducción o, en el movimiento lábil con el que se dribla al contrario. Los juegos de simulación son, por excelencia, estrategias de conquista y de dominio. Se disimula uno en el paisaje para asimilarse a él, o se mimetiza con el color del ambiente para no ser visto, se señala en la dirección opuesta y engañar así al perseguidor. En nuestro deseo de gustar imitamos el ideal.
Es más, ¿no es acaso la simulación y el engaño (en tanto que imitación) la manifestación más refinada de la inteligencia, también la más perversa, la misse en escenne de toda aproximación a la realidad, y por ello, la via directa hacia el conocimiento de ésta?.
Pocos, muy pocos son los seres humanos a los que se les otorga el privilegio de la originalidad, los demás, vulgares mortales, se nos da el empeño de no fenecer demasiado pronto. Postergar la agonía, a veces el sinsentido que nos conduce inevitablemente a idear crecimientos continuos y forzados de nuestra interioridad, (la exterioridad va sola). Por eso no comprendo el empeño en alterar el estado original del ser: la complacencia, en un tormento continuado de afirmación de los unos sobre los demás. Difícilmente en comparación con los demás.
En nuestro pecado, al alterar el orden de las cosas, perdimos la ocasión de permanecer en ellas, - dejamos de ser bosque para ser claro - desafectos con la estructura que nos liga a su naturaleza, es ahora, cuando el capricho de su imitación parece culminar, cuando sentimos la desazón de su fracaso.
Es por esa razón que nos preguntamos acerca de su legitimidad, pero también por otras razones; entre ellas la de sentirnos amenazados por el destierro de esa Arcadia feliz y antropófaga que es el mercado. Esa plaza enorme, que no conoce límites ni respeta intimidades ni comprende particularismos. En ella el producto es el señuelo, la valúa de toda acción, la corroboración de expectativas creadas de antemano, la prueba de un comercio de vísceras adobadas. No importa su proceso, ni su historia, ni su origen ni sus porqués, con su envoltorio basta. Un simple celofán y se consigue la atmósfera adecuada. Rojo cereza, azul noche americana, amarillo limón...el objeto está listo para su devoración.
En ese estado de cosas es normal que a una ética de la creación, amparada en el deseo del conocimiento, le suceda una moral pícara amparada en el don de la oportunidad. Por eso, no por otra cosa, la usurpación, quitatetuparaponermeyo, el descaro, la astucia, el reflejo sin pulido, la virtualidad sin virtud, vienen a ser el nuevo código de Hamurabi fin de milenio. La liquidación de veinte siglos (o más) de la doble moral de occidente.
Texto que nunca se publicó en “Atónitus”
RASGAR EL AIRE
Insistentemente rasgar el aire con dedos afilados en el espesor de la noche para cubrir de pequeños gestos comprimidos y luminosos el horizonte que da al norte de tu locura. Obsesión y dardo que puntea en la mañana la mezcla de un sueño mal llevado con la alegría de un sol amanecido entre los recuerdos tiznados de presente. Rasgar el aire expectante de sus movimientos ondulados dibujando el ritmo que nutre tu ansia. Y en el vaivén encarcelar las dudas que atan lugares comunes con paraísos; mover la mano agitando tu aura y babear mecánicamente la convulsión de una queja; soy toda oídos, dices, y encomiendas no el espíritu, sino las razones que lo sostienen, a la altísima luz del entendimiento. Soy toda oídos, repites insegura, pues mi vista no alcanza allá donde el maligno habita; tan sólo su vibración telúrica me orienta. Y ese mal que a todos nos aqueja, señala el lugar de la punzada aquí o allá, más abajo o a la izquierda. repetidamente....sin un fin preciso que guíe o patronee el blanco hiriente de tus proyectos, que lo concluya, que lo cierre, que cicatrice el evento empezado en la confusión del deseo. Quién sabe si fue primero la inquietud de tu primer desengaño o la imprecisa firmeza de lo escindido que busca su principio, o la dualidad expresa de los seres vivos en su viaje a lo perfecto. Ahí, entre el comienzo y el fin, trazas el espacio donde creces en la deriva de tus convicciones. En él argumentas frágiles razones para construir, ya lo sabes, la levedad de las cosas y cómo éstas insertan, aun siendo breves, lo turbio y lo transparente; en ese juego de luces y de sombras parece que no tienen fin las cavilaciones sobre lo que concluye y lo que continúa ni las interrupciones que rompen la armonía cósmica del silencio. Tampoco termina la penuria de tantos desposeídos cuya sola mención rasga este texto y lo invalida, pues miente este escrito, como todos nosotros en la evocación del mal. Así lo intuyes pues, callada, te encierras en el angosto espacio, entre tu cuerpo y el muro, lamentando, en el zigzag de tu escritura, que la trama sea tan sólo la exposición de la impotencia. Un juego de ficción, una trampa más en el recurrente desliz hacia la nada. A pesar de todo, y con la tenacidad propia de los pájaros, sigues marcando territorios y en la supuesta fertilidad de éstos esparces tu energía a la espera de ver tus frutos renacidos. A pesar de todo. Tus ojos siguen encandilados los movimientos rítmicos que el viento dibuja sobre las aguas y los juncos y observas asombrada la efervescente línea de las hormigas moverse según un antiguo y cósmico orden; y en ese momento añoras no ser tú naturaleza y ser mecida por los días sin saber que tu fin sucede después del verano, sin que tu conciencia convierta el placer de vivir en la especulación del trascender. Sentir que eres parte y no todo, y así sumar: detalle a detalle, puntualizando cada una de las partes, una infinidad de posibilidades esbozadas. Cada movimiento, aunque sea breve como el de un parpadeo, indica el sonido de una letra en el alfabeto imaginario de tus paredes enjauladas. Es el recurrente gesto que subraya los destellos del pensamiento, ese flujo disperso que te aleja, como en los sueños, de una realidad difuminada por la niebla de la desidia. Un irse yendo hacia la nada, hacia el aire inmenso que envuelve las nubes y riza las arenas y agita las aguas del mar, ese rumor que llena huecos, guía el orden de la armonía y precede al vaivén de los grafismos, un eco que suena allá dentro, en algún lugar del último gen. El reducido espacio en el que se crean los impulsos para continuar, para seguir encadenando aconteceres, para seguir la línea espiral del ascenso y del descenso, del ondulante trayecto de nuestra deriva, del dibujo invisible de los anhelos, de tantas imágenes proyectadas, de los espectros que reverberan en la lejanía y convierten tus gestos en rasgos de un ilusionado dibujo sobre la nada.
Sebastià Miralles
Diciembre de 2002
Texto para la exposición “Entrehilos” de Claudia Martinez
NOTA A PIE DE PÁGINA
En el libro “El viaje a Ixtlán” subrayaste “ya no tengo ninguna historia personal (…..) Un día descubrí que la historia personal ya no me era necesaria y la dejé, igual que la bebida”. Sin embargo embarrado por el color, sudoroso de ocres, sigues contando tu propio destierro, dejando que afloren sin ningún pudor, tus resquebrajadas convicciones, opinas desmesurando la objetividad de lo plausible y mezclas la incongruencia de una pintura ácida con imágenes de la melancolía. Como una premonición te adviertes más adelante: “Ahora esto no tiene sentido para ti. Conque deja que sea un sinsentido, por lo pronto”. Y esperas,…esperas a que sea el azar quien te regale la magia de una conjunción brillante, la posibilidad de una señal que indique por donde trazar el dibujo de tu nueva inquietud y salvar así la angustia del ahogo. No obstante hay turbulencia en tu mirada, que es la de tu cerebro desplazado al cuadro y al visor de tu Mamiya, encierras en tus ojos el recuerdo de imágenes anónimas y lo conviertes en un secreto íntimo, una voz expandida débilmente. Aunque te impongas silencio te sabes de memoria el destino, pues dijiste “nunca llegaré a Ixtlán”, y esa fatalidad, lejos de arruinar tus ideales trastocados, ha hecho germinar el sentimiento que es más fuerte que la convicción, pues éste es un vínculo con las cosas, lo otro…. una obsesión terrible. ….Y pintas, evitando así que el ronroneo de la costumbre te adormezca, que una tela blanca sea un sueño olvidado, y aunque te creas que dices por decir, el deseo de crecer y conocer se alían en contra de tu indolencia. Creías que “lo que dejaste allí, está perdido para siempre”, y desoyendo tus propios consejos te preocupan tus gentes, tus próximos y los que sólo atisbas a ver con la memoria, de ellos sabes que extraes la mesura para medir cuanto no conoces, incluyéndote a ti mismo, porque intuyes cuan difícil es “equilibrar el terror de ser hombre con el prodigio de ser hombre”.
Sebastià Miralles.
Invierno de 1997
Texto para una exposición de Carlos Martínez Barragán
04/10/2008
PORQUE SOY AMIGO DE ALDO
Estimada Alejandra, según me pides en tu correo te explico a continuación algunos detalles sobre mi amigo tucumano.
Soy amigo de Aldo desde el año noventa y dos, pero el porque somos amigos, que es el tema por el que me preguntas, no se si sabré responder, pues ese es uno de los apartados curiosos de la vida, uno de los misterios que quedan sin resolver: el porque de las amistades y su permanencia o su caducidad.
El primer encuentro con nuestro personaje sucedió en mi primer viaje a Argentina, iba yo a impartir, que no ha dictar, un curso sobre escultura, algo relacionado con el objeto y su capacidad de discurso y el laberinto, con su posibilidad también de extravío. Fue el mismo día de mi llegada a Tucumán que Marcos y Geli, los encargados de mi custodia en aquel momento, y después de degustar unos alfajores, decidieron que yo debía de conocer al resto del círculo que por aquel entonces trataba de cambiar el rumbo de tantas cosas obsoletas que estaban “funcionando” en aquella facultad. Se trataba de un grupo de personas poco numeroso y heterogéneo, era en un bar, o un club de algo que no recuerdo muy bien (de hokey?), alrededor de una mesa se apelotonaba un montón de gente y en el medio había cervezas y maní, más conocido en España como cacahuetes, Aldo, todo enterito, corpulento como un elefante, ocupaba parte de la mesa y obstruía la vista del platito de maní con el que se acompañaban las cervezas, como mi mano no alcanzaba a los cacahuetes y siendo que Aldo era el obstáculo, decido tímidamente, como quien no quiere la cosa, pedir del fruto prohibido, (en mi país tenemos la fea costumbre de no terminar una frase pensando que, y entendiendo el contexto en el que se dice o se insinúa la cosa, el que escucha ya completa la expresión) así que me dirijo a Aldo y le digo: “oye (y señalando el plato de maní) te puedo coger?” a lo que él contestó con su flema habitual: “¿tan pronto?”.
Así que ese fue mi aterrizaje en Tucumán, ahí me enteré de que en Argentina las cosa no se cogen, se agarran.
Ya puedes imaginar que la anécdota dio paso a la risa y a una primera reflexión acerca de la lengua común con la que nos “entendemos”, y poder comprobar que aquella que yo conocía como lengua castellana era y no era la misma lengua.
Días después, y ya con el curso empezado, Aldo, que era en aquel momento uno de esos alumnos que todo lo quieren saber y aparentar ser más grande de lo que en realidad se es, se dedicaba a explotar al profesor español polemizando acerca de lo divino y de lo humano, sobre la bonanza de lo postmoderno y los sobados argumentos de Derrida. Así tomamos muchos cafés y yo aprovechaba los debates para distraer mi ociosidad y al mismo tiempo poder filosofar con un joven de argumentos afilados, he de reconocer que puso a prueba, mi paciencia y mis conocimientos.
No obstante, y como tributo, tuvo que trabajarse una pieza de hierro en la que anduvo elucubrando junto a su compañera Ana Claudia García, así sufrió su aristocrático perfil de “sapientín” una débil pero aleccionadora experiencia y es que las manos pueden llegar a argumentar tanto como la mente, espero que algo le quede todavía de ese encuentro.
Así que Aldo ya desde el primer momento ya se incorporó al elenco de los amigos con los que compartí una de mis experiencias más intensas en el plano profesional y afectivo. Seguimos discutiendo por carta, también hablando de la vida y del arte, he de confesar que me alegré siempre de las coincidencias y de las desavenencias, de su verbo florido, excesivo y sabio, de su perfeccionismo paralizante, que también es una de mis eventualidades, de su meticulosidad y de su capacidad para el martirio, de su pasión por la música, el me descubrió “Saabat Mater” de Pergolesi y yo le hice escuchar el “Bujaraloz by nith” de Carles Santos. También compartimos más de una de esas enormes pizzas que se comen en Tucumán.
Lo peor del viaje de Aldo a España, (a Valencia) es que continuó llamando arroz con pollo a la paella, y este es un agravio que mucho le ha de costar reponer, así como no querer probar el marisco, digamos que comportamiento de un gourmet no lo tuvo, si realmente querías ver feliz a Aldo era preparando una pasta, sencilla o sofisticada, él lo agradecía del mismo modo.
Aldo era en aquel momento como un caracol, diríase que había expandido el territorio que le es propio y su comportamiento era el mismo de siempre, siempre andaba como si estuviese por los aledaños de la facultad de artes en Tucumán: fumar, leer, escribir, tomar café, y hablar y fumar. Si que es verdad que la realización de un cartel para unas jornadas de video le tuvieron muy ocupado durante mucho tiempo, recuerdo la imagen: el cenicero lleno de puntas de cigarrillo, mi despacho (el trabajaba allí) con niebla y cara al ordenador Aldo: siempre haciendo variaciones (sobre el mismo tema) sobre el cartel. Finalmente lo dio por concluido, claro, el día de antes de la inauguración de la muestra.
Aldo vino al Departamento de Escultura de la Universidad Politécnica de Valencia con la finalidad de colaborar con los profesores y artistas que iniciaban en aquel momento una línea docente basada en el video y en la informática en el campo de la escultura (ya en ese momento suficientemente expandida). De este breve período podrán hablarte los profesores mencionados, y aunque el tiempo habrá diluido muchas de las conversaciones, sin duda interesantes, seguro que la huella de Aldo perdura en alguno de ellos. De hecho y como resumen te diré que esa experiencia con los colegas culminó con un asado en mi casa una fría noche de junio, un poco antes de que Aldo regresara a Argentina; podría decirse que nuestro personaje sacó fuerzas de flaqueza, pues cocinar, cocinar, no lo hacía casi nunca y nunca le vi esmerarse, pero el compromiso de este día le obligó a superarse a si mismo y daba gozo verle sudar preparando un enorme bife al horno con su salsa de alcaparras y crema de leche incluidas. Toda una heroicidad para un pensador de este calibre.
Pero solo vi a Aldo alterado y fuera de si de verdad la noche de San Juan, es esta una noche mágica en nuestro país: celebramos el solsticio de verano, la tradición manda encender fuegos al lado del mar y con los pies mojados expresar deseos o conjurar al maligno. Recorrimos, con Ana y Lola, las fogatas de la playa de Tabernes de la Valldigna y brindamos por el mundo amparados por una silueta blanca y redonda que se recortaba en la oscuridad de la noche, mi escultura “Discurs solar”, conmemorando el ir y venir de los ciclos, fue testigo de algún juramento secreto que Aldo formuló a orillas de ese mediterráneo, un mar acostumbrado a guardar silencio de cuanto sabe. Solo espero y deseo que nuestro personaje pueda cumplir algún día los deseos allí emitidos, el mare nostrum los guarda para ser revelados en el momento oportuno. No te olvides Aldo.
Yo no me olvido del enorme favor que me hizo mi amigo al quedar solo en la casa al cuidado de Truc, un animal negro de setenta kilos de peso, un rotwailer con un poder enorme, capaz de reducir (y de “acojonar”) al más valiente, de hecho, si no recuerdo mal, Aldo estuvo recluido en la cocina durante un tiempo hasta que Truc, benévolo él, le dejó salir. Era un momento delicado para mi, pues mi madre estaba en el hospital y yo debía de acompañarla, tuve que ir a mi pueblo, Vinaròs, y la casa y el perro quedaban solos. Realmente fue un momento en que sentí la compañía y la solidaridad de alguien, pues es en esos momentos de soledad y de crisis donde se nota la amistad, se manifiesta el calor y la comprensión del otro, la correspondencia no formal de afectos que animan y dinamizan nuestros comportamientos interpersonales, es así como se hace presente un sentimiento que ha ido creciendo y se ha solidificado entre nosotros a lo largo de estos años. (Siempre quedará Paris).
Quedó dicho todo esto entre nosotros; cuando nos despedimos en el aeropuerto del Prat, en Barcelona, Aldo puso como prenda al empeño de volver a Valencia sendas botellas de vino que compró en la bodega del Corte Inglés. Yo debería de guardar ese vino hasta la noche de San Juan del año siguiente para beberlo juntos, si el regreso no se producía yo podía tomar el vino; ese fue nuestro pacto. Tomé el vino en compañía de amigos mutuos, invocando, por supuesto, la presencia de Aldo, acontecimiento que algún día ha de suceder, una presencia que será necesaria para brindar, esta vez, por todo aquello que nos mantiene vivos. El sol del mediterráneo continua incansable calentando la tierra de los viñedos, dorando las uvas cuyo caldo será el que riegue periódicamente la amistad que nos conmueve. Una amistad fértil y larga. Un deseo expresado a orillas de un mar que acoge en su horizonte todos los proyectos, todas la inquietudes contenidas en la luz de una mirada ensoñadora, la que nos descubrió el poeta Kavafis al mostrarnos Itaca.
No se como podría resumirte estos retazos de memoria, son eso, fragmentos, destellos puestos en la pantalla del ordenador, reinterpretados a tenor de los años transcurridos pero dichos con la misma emoción contenida en unos afectos que se expresan a través del silencio unas veces y de la elocuencia otras, pero siempre queda el eco firme y sonoro de una lealtad alejada de intereses y convenciones. Por eso tengo un amigo tucumano.
Espero que te sirvan estas reflexiones. Quedo a tu disposición.
Sebastián Miralles
En Riba-Roja de Túria agosto de 2005
PD. En algún lugar conservo imágenes, pero no donde, si las encuentro te la mandaré
Texto para una exposición de Alejandra Mazrahi
28/09/2008
PELS PELS

Pels pèls
Veient la pel•lícula “La bella i la bèstia” em va fer pensar que un mite ha recorregut la cultura europea des dels seus inicis, des que els grecs inclogueren en la seua mitologia silens, sàtirs, ciclops i centaures, la visió del salvatge com a ésser estrany i forani que fa perillar les estructures pròpies ha estat una constant que aplega a nosaltres després d’haver sofert diferents mutacions. Així, ens trobem que l’homo sylvestris medieval va adquirint la forma icònica que a tot període històric i a tota societat li convé. Del salvatge que portem dins nostre s’han fet ressò, com no podia ser d’altra manera, l’art, la literatura i el cinema.
Un dels atributs d’aquest ésser, del seu estat salvatge o assilvestrat, és l’abundància de pèl que li cobreix el cos, bé siga totalment, tal i com se’l representa a la l’edat mitjana, o parcialment, com apareix al món contemporani; la frondositat del pèl com a analogia de l’estat natural i primitiu crea una figura contraposada a la puresa cristal•lina i virginal propugnada per la cultura cristiana; de bell nou, Apol•lo i Adonis reviuen en el substrat del clarobscur estètic del nostre temps.
El pèl és transformat en icona del mal i del desastre; vegeu, si més no, Goya i els monstres per ell pintats, o el retrat magnífic i enigmàtic d’una dona barbuda que Ribera pintá, el 1637, per encàrrec del duc de Nàpols, així com l’home llop, King-Kong i la dona pantera, tots ells personatges clàssics del cinema i dels còmics. El pèl, associat a les deformacions del cos, ha estat un fenomen espectacular, exhibit per circs i fires al llarg del temps i de la geografia, i ha sigut un exponent d’allò que ens és estrany i execrable. No obstant això, la bellesa d’allò sinistre és ben evident i actua sempre com un contracorrent que descobreix de nosaltres els aspectes més obscurs del subconscient.
El pèl, en les representacions icòniques i en el subconscient humà, conté una càrrega simbòlica més enllà de les seues funcions biològiques; presència o absència de pèl denota tipologies acceptades o no pels diferents estrats socials. Pertànyer a una tribu determinada comporta models diferents d’afaitat, de depilació, de pentinat, de llargada de pèl: tant del cabell com del d’altres parts del cos.
En “Las edades de Lulú” de Bigas Luna, en la seqüència on la protagonista es deixa afaitar el pubis es troba una de les claus on ella accepta aquesta acció certament regressiva com un senyal de submissió i pertinença, de lliurament total i d’enfebrada relació sexual. La absència de pelussa o borrim en gairebé totes les parts del cos de la dona el converteix en un atractiu eròtic, un element per a la seducció que suposa un gran negoci a la indústria dels cosmètics, i és una pràctica també assumida per una part de la població masculina que tal volta ens anuncia una regressió a la pubertat, cercant un cos eternament jove, però també una tendència cap a un cos androgin, cap a una imatge asexuada que ve marcada per una moda cada vegada més exigent i constrenyedora.
En altres ocasions, rapar el cabell del cap suposa una acció humiliant i repressiva que busca com a resposta obediència i fidelitat. Uniformar i despersonalitzar és un dels fonaments de tota formació militarista i/o autoritària. Al cap, la part més visible del cos, es mostren els signes de la rebel•lia o de la conformitat: hippies, beatniks, skins; qualsevol tribu urbana expressa amb els cabells la seua identitat per a contrariar o burlar el que tot estatus demana: semblança i conformitat amb els models vigents.
El pèl, una part del cos que ens lliga a la natura, ha estat igualment, des de sempre, un atribut estètic, una manera de dir i de dir-nos, una particularitat més de la varietat i de la riquesa de la nostra forma de “parlar”.
MANS

Mans.
Com el fidel de la balança, en l’escena que representa la creació de l’home a la Capella Sixtina, els dits de Déu i d’Adam es busquen i en aquell punt efímer del contacte es produeix el misteri de l’acte creador. Mai havia estat representada la creació d’un mode tan subtil i precís. Les mans, més que cap altra part del cos, són el motiu central i la clau d’aquesta composició.
Les mans, en la gramàtica dels gestos, ocupen el primer lloc en la determinació de certs codis, igual que ho són les actituds, ja que suporten la comunicació no verbal amb els altres. També a les mans se les adjectiva segons siga la seua mida, la seua forma o la seua aparença: ja recordeu aquella cançó de Raimon que les catalogà, una per una, sargint sentiments i ràbia.
Les mans, a banda de la seua operativitat i destresa en els oficis, són el vehicle de les nostres pulsions: tocar, acariciar, agarrar, esgarrar, esgarrapar... són accions que de tan assumides quasi ni ens hi fixem, no ens parem a pensar en la seua importància, ja que són com un punt d’inflexió en la relació que tenim amb les coses i amb les persones que ens envolten. Però del tacte i del contacte ja parlarem en un altra ocasió.
Des de la prehistòria, la marca de la mà feta a la paret o sobre el paper reflecteix el jo més íntim i desdobla la personalitat, fent-la simbòlicament accessible. Són aquestes mans, les que hi ha a la cova del Parpalló l’estadi primordial en la representació de la realitat, però quan aquesta mà es mou i s’articula i gesticula comença a mostrar el repertori de les seues possibilitats expressives: ho veiem quan, en un moment de desesperació, les mans s’obrin cap al cel i clamen justícia; quan, tancada la mà i enlairat el puny, cridem perquè la igualtat entre els homes siga real; quan, pintades de blanc, rebutgen la inutilitat de tantes morts i pel mateix motiu es tinten de roig denunciant qui massacra pobles sencers per raons igualment miserables; quan la mà del jutge es ferma i cau poderosament sobre el corrupte i el prevaricador, sobre el genocida i també sobre el maltractador; quan dues mans es troben i tímidament s’acoblen vol dir que l’amor naix, i quan, gelades, una descansa sobre l’altra i el silenci les envolta, anuncien la finitud de les coses tancant el cercle de la vida.
Silenci és el que demana Fra Angelico en el seu fresc que representa Sant Pere Màrtir. L’índex sobre els llavis ompli tota la composició i es converteix en un motiu ple d’eloqüència; silenci també prega una figureta de pedra que hi ha al mig de la neu al cementeri que visiten els protagonistes de la novel•la “La muntanya màgica” de Thomas Mann. Els dits no sols indiquen sinó que amonesten i incorporen en el lèxic de la representació icònica significats complexos més enllà de l’acció descrita; Leonardo da Vinci tractava de representar “els efectes de l’ànima pel moviment dels membres” i exhortava en els seus escrits a observar la gent com gesticula per a pintar no sols el personatge, sinó els seus pensaments.
A les mans atribuïm el complement comunicatiu necessari en la conversa, en la indicació o en l’admonició, els gestos acompanyen les paraules o, si la distància ho aconsella, rebem o acomiadem amb les mans i els braços qui torna o se’n va. Gestos per a superar la distancia que separa els cossos, el deler manifest en una mà que s’agita vora via i prega per refondre allò disseminat.
Dissoltes entre la matèria flueixen la vida i l’obra d’Ana Mendieta, que en una de les seues accions pressiona la mà sobre un paper que està sobre un ferro rogenc: la palma de la mà es dibuixa com un pirogravat sobre el paper i hi deixa el dolor imprès. Una marca, la que deixa el foc, és a la vegada la destructora del motiu assolit, un gest que està a punt de disgregar-se en la matèria. Igualment es desfaran, desintegrant-se en el temps i en l’espai, els nostres gestos; el nostre clam que va a la deriva és condemnat a perir en l’abisme de l’oblit.